La tormenta arreciaba.
El viento gruñía, incansable, un aullido lobuno que se extendía hasta lo imposible. La lluvia, que caía como mantos de agua fría, ahogaba la tierra y hubiera teñido de gris el cielo si la noche no hubiera sido negra como el carbón ya de por sí, oscura como la misma esencia de una pesadilla. Los truenos retumbaban a través del aire como tambores y los rayos, los rayos partían el cielo en dos, haciendo temblar a las mismas estrellas con su luz, tan fría y violenta y repentina.
La tormenta arreciaba, y ella se hundía. Ayuda. Y nadie venía a rescatarla.
Fuera, en la calle, hacía un día de primavera. Cálido, fresco, agradable, un Sol templado: lejos de las torrenciales temporadas del invierno.
Era en la cabeza de Meridian donde la tormenta no parecía decidida a calmarse.