Mayo brillaba como si el mismísimo Sol hubiera colgado de sus mechones platinos uno de sus más potentes rayos. Costaba mirarla y todo, a aquellos mejillas infestadas de pecas y esos ojos tan azules como el cielo donde hacía volar su cometa todos los jueves por la tarde, con los muslos al aire bajo su vestido de volantes y dulces de sabores escondidos en la mochila.
¡Tendrías que haberla visto, maniobrando con aquel descolorido trozo de cartón! Más de una vez tuvo que luchar con garras y dientes para evitar que el viento se llevara a su pájaro de embalaje volando (y más de una vez el muy travieso lo consiguió, llevándose a Mayo también a cuestas por el cielo; pero ésa es otra historia.)
¡Bienvenidos a mi guarida 365!