(Chicapájaro esconde instantes de vidas bajo las alas y cuando sale a volar siempre se le terminan enredando entre las plumas)

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(cinco)

Las tardes en que las historias de duendes y monstruitos salían a pasear por el salón, Eco siempre tenía la manta de cuadros lista y su abuelo dos tazas de chocolate caliente preparadas, recién salidas del caldero. Lo primero que hacían siempre era encender la chimenea y es que, vaya, jamás deben contarse historias fantásticas si un fuego no crepita de fondo. Una vez encendido, Eco se tiraba en el suelo y el abuelo se dejaba caer en su sillón orejero, acariciando el reposabrazos una, dos, tres veces, para luego mirar a su nieta fijamente.

Eco solía erguirse bien alto justo en ese momento, poniendo cara seria y dejando entrever un poquito su alma de aventurera y, durante esa fracción de instante en que el abuelo sonreía de vuelta, la niña tenía claro que ya podían decir sus padres y amigos misa, que ella estaba segura de que los cuentos del abuelo no eran pamplinas de viejo y que, de salir en calcetines rayados al bosque, los gnomos sí que vendrían corriendo a babear las rayas como si éstas fueran gusanos (pero tranquilos, ¡que el abuelo dice que siempre habrá un duende o dos por ahí dispuestos a quitártelos de encima, aunque sea a rastras!)
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