Remueve el café en el sentido contrario a las agujas del reloj sin darse cuenta, siempre retando al mundo. La lluvia golpetea contra la ventana y parecen lágrimas que se rompen, que por un momento besan el cristal para acabar uniéndose a la marea que empapa la cornisa. Un pájaro ulula fuera, la tele ronronea de fondo, la cucharilla vibra contra la porcelana cuando remueve un poco demasiado fuerte el café.
Bruma lo escucha ocurrir a su alrededor y sin embargo todo le llega como un eco, como si hubiera una barrera entre ella y el mundo y alguien se encargara de difuminar los sonidos por el camino. Como si ella fuera el río y el mundo que la rodea el puente, como si el espacio que los separa fuera el valor del suicida que se ahoga, que se ahoga y no de agua sino del vacío en el pecho.
Tranquilamente, sin levantar la vista, Bruma pasa la página del libro.