(Chicapájaro esconde instantes de vidas bajo las alas y cuando sale a volar siempre se le terminan enredando entre las plumas)

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(tres)

El Sol se está poniendo, una mezcolanza de naranjas y rojos furiosos que atraviesan las nubes. Phoenix jadea, cansado, pero hace acopio de fuerzas y levanta su espada con decisión, el atardecer arrancando destellos al metal. Sólo eso, su figura resistiendo la rendición, es suficiente. El resto de guerreros que le rodean alzan también sus armas, siguiendo su heroico ejemplo y, cuando Phoenix echa a correr, grito de guerra en los labios, no hay duda alguna de qu–
– ¡Hijo, a cenar! ¡Que se enfría!
Phoenix abre los ojos, primero un párpado y luego otro, bajando a un mundo donde ya no hay campo de batalla ni armaduras ni gritos de valor. Solo su cuarto y, sin embargo, el sol también se pone allí. Naranjas, rojos. Incapaz de rendirse.

Se levanta, poco a poco, bajando de dos en dos las escaleras (a sus guerreros no les vendrá mal un descansito, de todas formas).
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